jueves, 10 de abril de 2014

VII. Gobiernos de la Revolución: La transición del poder político


Por Roberto Elenes


Luis M. Salazar
Después de casi una década de guerra civil en México, hasta el arribo del guaymense Luis M. Salazar el 18 de agosto de 1920, se presentó la coyuntura a los gobiernos de la revolución para recuperar la jurisdicción del Distrito Norte; en lo administrativo, significaba recobrar sus prósperas aduanas, sus oficinas de Inmigración, el aparato judicial y militar, la estructura educativa, hospitalaria y de gobierno, en general. Con la llegada de Salazar y del jefe militar Abelardo L. Rodríguez, la República volvía a gobernar una región separada del resto del territorio nacional, fuera de control político por casi diez años, a raíz de una guerra civil, la revuelta magonista de 1911, y el gobierno autonómico del coronel Esteban Cantú.

Con Salazar como gobernador por ministerio de Ley, de agosto 18 a octubre 1 de 1920, lo primero que hizo la presidencia delahuertista fue remover a los administradores de las aduanas de Cantú, quedando Francisco Díaz Velazco —amigo de Obregón­— a cargo de la Fronteriza de Mexicali. El gobierno revolucionario enseguida revivió la declaración consular para las importaciones, operando desde 1893, y abolió los impuestos al pago de derecho de bulto, vigentes desde 1896.

Miguel González
También por orden presidencial quedó suspendido el pago de salarios al magisterio, a los jueces y empleados administrativos del Poder Judicial, así como clausurados los casinos “El Tecolote”, “El Chino” y las casas de juego en Los Algodones del tres veces consecutivas presidente municipal de Mexicali, Francisco Bórquez Félix. Igualmente, fueron puestos fuera de circulación los casinos Montecarlo y el Tijuana, instalados en aquella ciudad, propiedad de Miguel González, cuyas actividades dentro del comercio de importaciones le habían convertido en importante agente aduanal.

En 1920, desde un Mexicali de alucine, por primera vez se desató en el país el combate contra el narcotráfico masivo y los adictos a los estupefacientes: El gobierno de la revolución había hecho acto de presencia en el Distrito Norte y era el portador de una presunta nueva moral que venía a redimir aquel mundo de perdición construido por el cantuismo.

Con la clausura de centros de entretención y casas de juego, el gobierno federal puso en grave aprietos la economía del Distrito Norte al propiciar el cierre de fuentes de trabajo y la suspensión de flujos financieros utilizados en la manutención del aparato gubernamental.

El periodista Ricardo Covarrubias —fogoso orador que había participado en el mitin a favor de Cantú—, rápido hizo migas con el general Rodríguez Luján, logrando que el sonorense lo colocara como parte del personal de la secretaría particular de Luis M. Salazar durante el mes y días que estuvo en el gobierno.

Salazar encontró las arcas de gobierno vacías. Hacía semanas que los capitanes Epitacio Macedonio, Narciso Trujillo e Hipólito Barranco, el teniente Donaciano Calvo y el pagador de gobierno Antonio A. Bannuett, funcionarios cantuistas, habían aperingado 500 mil pesos del erario público y partido a Estados Unidos como perros en rancho ajeno, con la cola entre las patas. Sobre ellos pesaría una acusación por peculado hecha por el gobierno de la Nación. Bannuett, años más tarde llegaría a ser el flamante oficial mayor de los gobiernos del general Abelardo L. Rodríguez y del teniente coronel José María Tapia Freyding, mano derecha del general.

A una parte de los cantuistas les fueron incautados sus bienes, saliendo afectados el doctor Hipólito Jáuregui, Hipólito Barranco, Agustín Macías, Leonarda Vera de Macías, Guillermo Dato, Manuel Vizcarra, Narciso Trujillo, Crescencio Pérez Casarrubias, Salvador Mata, Silverio J. Romero, Carlos Vázquez, María J. de Vásquez, Rafael Legrand Sr, María M. de Legrand,  Rafael Legrand Jr, Delfina Legrand, Aurora Legrand, Andrés Espinosa, José Conde, Manuel J. Aguilar, Benita Blas y Luis Parma. Durante el gobierno de José Inocente Lugo, en 1923, les fueron devueltas sus pertenencias.

Después de su breve gestión, Salazar partió y trece años después retornaría a Baja California, asentándose en Ensenada para emprender el negocio de las pesquerías, fundando, en 1933, la Compañía Industrial de Ensenada, S. de R. L. Dicho de otro modo, Salazar en los años treinta fue a vivir Ensenada para abrir una industria cuyo terreno estaba totalmente dominado por su amigo y paisano el ya presidente de la República Abelardo L. Rodríguez.

Del 1 de septiembre de 1920, fecha en que el recién nombrado general brigadier Rodríguez Luján llega por San Luis Río Colorado a Mexicali, hasta el 18 de febrero de 1922 en que sale de la región para ir a Nayarit a ocupar el cargo de jefe de operaciones militares, el Distrito Norte vería desfilar nada más y nada menos que a cuatro gobernadores. Durante esa época Abelardo L. Rodríguez se dedicaría a construir el entramado político que propició, en 1923, su exitoso retorno como gobernador.

Periodo de la gran crisis algodonera (1920-1921)

Entre 1920 y 1921, por tener las arcas de gobierno vacías, cerradas las fuentes de trabajo, suspendidos los flujos financieros para el pago de sueldos a la burocracia, y que el precio del algodón cayó de 13 a 4 centavos de dólar por libra, los gobiernos de Luis M. Salazar, Manuel Balarezo, Epigmenio Ibarra Jr. y Lucas B. Rodríguez atravesaron por enormes problemas financieros. Pueden considerarse como los gobernadores de la transición del cantuismo hacia el afianzamiento de los gobiernos de la revolución dentro del Distrito Norte.

Para noviembre de 1920, en que el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) lleva al general Álvaro Obregón a la Presidencia de la República, en Estados Unidos estaba prohibido el tráfico y uso de estupefacientes; por decreto policial, Obregón prohíbe el uso de la marihuana y  seis años después, Calles, prohíbe el tráfico y uso del opio y cocaína. Criminalizado el uso de estupefacientes en México y Estados Unidos, desde aquellos años empezaron a potenciar el lucrativo negocio del tráfico de drogas de un país a otro.

Al tiempo que en México quedaba liberado el consumo de licor, vinos y cerveza, Estados Unidos lo prohibiría de 1919 a 1933, beneficiando, a partir del gobierno de José Inocente Lugo, a los gobiernos revolucionarios del Distrito Norte, recibiendo carretadas de dinero gracias a las hordas de bebedores y adictos que se volcaban a territorio mexicano a consumir alcohol y estupefacientes, saliendo beneficiados también los contrabandistas de alcohol que traficaban desde el Distrito Norte todo tipo de bebidas embriagantes hacia los Estados Unidos.

Manuel Balarezo
A Manuel Balarezo le toca gobernar (octubre 1, 1920-marzo 10, 1921) en un periodo de transición  donde apenas la Primera Guerra Mundial había tocado fondo y se había puesto en vigor la “Ley Seca”.

El cantuista Miguel S. Ramos, presidente municipal de Mexicali, al ver depuesto a Cantú, renuncia al cargo ante Balarezo, supliéndole Enrique Mérida Álvarez; no obstante, los principales puestos del ayuntamiento quedaron controlados por la pequeña oligarquía formada alrededor del cantuismo: Julio Galindo, como secretario del gobierno municipal; Jacinto Méndez, antiguo administrador de las Aduanas de Mexicali y Ensenada, encargado de la glosa municipal; el ex diputado Nacho Roel dirigiendo el Hospital Civil. Algo similar sucedía en el ámbito económico: los principales financieros eran amigos o socios de Cantú.

Dos meses después de la llegada de Balarezo, el general Obregón —en vez de revocar la concesión del Hipódromo de Tijuana—, la renueva, dando manga ancha a los antiguos aliados de Cantú y al mafioso James Coffroth como nuevo socio del clan.

Gambrinus
Ese año de 1920, por invitación del general Rodríguez, procedente de Sonora llega a Mexicali su amigo Otto Möller —dos años después llegaría a la presidencia municipal de Mexicali abriendo al poco tiempo un antro como el Gambrinus—; un sitio lujoso como aquel otro establecimiento en la ciudad de México que, en 1913, a invitación de Victoriano Huerta acude Gustavo Madero para caer en una emboscada y ser llevado preso a la Ciudadela donde fue atrozmente asesinado.

Juan Loera
Con Enrique Mérida convertido en presidente municipal sustituto, en agosto de 1920, Juan Loera ingresaba a la nómina municipal como inspector de trabajo, ganado un sueldo de 10 pesos diarios, un salario nada bajo en comparación al de los maestros que solo obtenían 5 pesos por jornada diaria. Juan Loera, apodado el “Indio”, en 1919, había llegado de Chihuahua a vivir en la barriada de Pueblo Nuevo. Este hombre al parecer sin mayor futuro en Mexicali que ser un prófugo en los zapatos de un trabajador de la municipalidad, había andado de la seca a la meca desde agosto de 1914 tras asesinar alevosamente, en Cananea, a un tal Plácido Espinoza, crimen por el cual fue hecho prisionero obteniendo su libertad bajo fianza gracias a sus actividades revolucionarias como agitador del proletariado. Luego de eso, incumpliría lo pactado con la Ley, yéndose  a Chihuahua, sitio del que, por revoltoso, también pondría pies en polvorosa para venir a refugiarse a Mexicali. El 4 de marzo de 1922, Juan Loera, siendo flamante regidor, el presidente municipal Otto Möller lo ratificaba en el puesto de inspector municipal, por órdenes del gobernador. Con el tiempo, Juan Loera funcionaría mejor como oposicionista, defendiendo las causas populares que como presidente municipal de Mexicali (1923).

Por otra parte, el general Abelardo L. Rodríguez, a su llegada al Distrito Norte, habría de hacer lo que de rigor hace todo jefe militar cuando toma un bastión antes ocupado por fuerzas enemigas, controlar las plazas militares, en este caso la de Mexicali, Ensenada, Tijuana, y, basado en el Tratado de Teoloyucan de 1914, licenció a las “tropas cantuistas”, invitando a los relevados a integrarse a las fuerzas armadas de la revolución.  El regimiento pretoriano “Esteban Cantú”, en pleno, rechazó la idea.

Bajo las órdenes del general Rodríguez, sentó sus reales el 21/º batallón de línea en la recientemente nombrada II Jefatura Militar, con sede en Mexicali. Rodeado de su estado mayor: José María Tapia Freyding (con un futuro promisorio en aquellas tierras de conquista), los capitanes Jesús Muñoz Merino y Manuel Proto, y los tenientes Ramón Rodríguez Familiar y Adolfo Wilhelmy, a guisa de asistentes, el joven general dispuso afianzarse en el poder político-militar, dando un primer paso: enviar a Antonio Legaspy y Octavio Gaxiola,  a Tijuana y Ensenada, con el título de jefes militares.

Legaspy había sido prefecto del Distrito de Nogales en 1911, dándole trabajo a Abelardo Rodríguez Luján dentro del Departamento de Policía de Nogales; corporación en la que vertiginosamente escalaría diversos puestos hasta ser comisario en no mucho tiempo. Legaspy era hombre de todas sus confianzas, enviado a un sitio de especial interés para aquel joven general de 31 años de edad, ya que la economía de Tijuana —por su cercanía con la base militar de San Diego y de la ciudad de Los Ángeles con su mundo hollywoodense— había empezado a despegar de manera acelerada, contando con un floreciente comercio y con un Hipódromo que ya empezaba a ganar mucho dinero y fama.

Durante su primer periodo como jefe de operaciones militares, el general Rodríguez dedicó su tiempo a extirpar del Distrito Norte la presunta cizaña política del cantuismo, para construir en cosa de un año y meses toda una encordadura de intereses políticos que propiciarían, en noviembre de 1923, la debacle del gobierno de Inocente Lugo, acicateado por los conflictos edilicios de los ayuntamientos de Ensenada y principalmente de Mexicali, así como por el surgimiento de un movimiento agrarista fuerte reclamando en el Distrito Norte un reparto agrario, sin dejar de lado los momentos previos a la sucesión presidencial de 1924.

Después de Cantú, como pudo verificarse a partir de 1923, el Distrito Norte pasó a ser una concesión política imposible de conceder a nadie que no estuviese ligado directamente con los intereses de Obregón y Calles. Esto jamás lo comprendieron Lugo ni su principal asesor político, José Félix Enciso, secretario de Gobierno durante su gestión gubernamental.

En noviembre de 1920, entre la clase política del Distrito Norte, empezó a correr el rumor del inminente relevo de Manuel Balarezo, lo que debilitó aún más la posición de un gobernador en bancarrota, sin dinero para pagar desde la salida de Cantú los salarios del magisterio y del aparato judicial, teniendo encima las elecciones para diputado federal y presidentes municipales. Presionado, Balarezo tuvo que adelantar la convocatoria para las elecciones, llevando a cabo la de diputados el 28 de noviembre, y una semana después la de munícipes.

A pesar de que se sabía que el sucesor de Balarezo era un amigo personal de Obregón, oriundo de Real del Castillo, hijo de don Epigmenio Ibarra, de todos modos saltaron a la palestra política los aspirantes de siempre: Ricardo Romero, David Zárate, Carlos E. Bernstein, con la inclusión de Rodolfo L. Gallego —cónsul de México en Calexico— y Arturo M. Elías — ex cónsul de México en Los Ángeles en tiempos del porfiriato—, auto promoviendo su candidatura desde el centro del país.

Al final, Romero amarró la candidatura para diputado federal por el Partido Liberal Independiente, ganando las elecciones, David Zárate se hizo de nuevo presidente municipal de Ensenada, a Bernstein no le dejaron siquiera acomodarse en el carril de salida, siendo señalado como agente del cantuismo y pieza clave de la corrupción distrital; en cuanto a Gallego y Elías fueron mandados con su misa a otra parte.

En el caso del ex porfirista Elías: 12 años después, el 18 de agosto de 1932, retornaría al ya nombrado Territorio Norte de la Baja California para gobernar poco menos del mes e irse a casa de vuelta.

Otto Möller
El proceso electoral había marchado de maravilla, pero el 5 de diciembre de ese año de 1920, tuvo que presentarse el prietito en el arroz en la elección para munícipe de Mexicali, de la que había surgido como absoluto ganador Otto Möller del Partido Nacional Progresista, derrotando al cantuista Manuel Roncal, representante del Liberal Independiente.

El supuesto triunfo de Möller había sido tan contundente que, de 1300 votantes inscritos en el padrón electoral, había resultado con 1179 votos a favor contra los 723 obtenidos por Roncal. El Partido Liberal Independiente de inmediato impugnó las elecciones ante el juez de Distrito Norte, Carlos Robles Linares, demostrado que desde el Cuartel del 21/º Batallón habían acarreado a 200 soldados federales hacía las urnas, completando el cuadro con otros 500 votos provenientes de los pizcadores de algodón recién llegados al muelle de “La Bomba”.

Manuel Roncal
El fallo del juez Robles Linares fue favorable a Manuel Roncal, anulándole a Otto Möller 700 votos. Este suceso marcó un hito en la relación política entre los grupos locales de poder disputándose la presidencia municipal de Mexicali, cuyos posteriores conflictos definieron la resultante de la batalla sostenida entre José Inocente Lugo y Abelardo L. Rodríguez por el control del Distrito Norte.

La gente del dinero

Para 1920, hacendados como Manuel Roncal —presidente municipal de Mexicali por el periodo anual de 1921—, los agentes aduanales Ramón Armendáriz y Adolfo M. Shenk, el hacendado italo-norteamericano Víctor Carusso, Rosauro Rojo y otros cantuistas, eran los que piloteaban la Cámara Agrícola Nacional a nombre de la “Colorado River”, sirviendo de contrapeso político al poder económico representado por los hacendados chinos, manejando el 80% de la producción algodonera.

Adolfo M. Shenk
Las tierras de la hacienda de Roncal eran las más cercanas al poblado. Se encontraban atrás de lo que es hoy el edificio de rectoría de la UABC. La hacienda de Carusso, comprendía los actuales terrenos donde se asienta la Colonia Progreso; la del agente aduanal Shenk —tristemente célebre por las barracas en las que residían sus jornaleros— estaba situada en esa extensa zona que abarca hoy el Ejido Nayarit, en el Valle de Mexicali.

Roncal, al contrario de sus socios algodoneros, era productor cañero; y lo era no precisamente con el propósito de producir azúcar para tumbar a Spreckels como principal monopolizador de la venta del dulce en el Distrito Norte, sino que la cultivaba para elaborar alcohol y aguardiente. Su fuerte era producir aguardiente en una región fronteriza donde del lado americano la venta de alcohol y su consumo, de facto estaba prohibido desde principios del Siglo XX. En Sonora desde 1915.

En California y otros estados de la Unión Americana la importación y exportación de vinos y licores había quedado prohibida a partir del 8 de septiembre de 1917. Con la “Ley Seca”, de 1919, el negocio del aguardiente de la hacienda de Roncal, se dispararía hasta las nubes que cubrían el sur de California.

En aquella época, el licor y el vino que se consumía en casinos, bares y cantinas bajacalifornianas era importado de Europa; la “Ley Seca” sirvió de estímulo en el Distrito Norte para la fundación de casas vitivinícolas como las Bodegas de Casa Blanca, la de California, Murúa Martínez y Cetto (1928), haciendo florecer a comercializadoras como Casas Lamarque y Castillo, pero muy especialmente a la Compañía Comercial de la Baja California, fundada por Jorge Ibs y manejada por el grupo financiero Internacional Comercial Co. Inc., comandado por su yerno, el agente aduanal Miguel González y Juan N. Llanos, Junior; sin embargo, hasta 1923 los bajacalifornianos no tenían acceso a mejor bebida embriagante que no fuese el rascabuches de Roncal, producido desde 1915. Para 1924, Miguel González y Heraclio Ochoa empezaron a producir cerveza en Mexicali.

Arnulfo Liera
Para Manuel Roncal, líder de la Cámara Agrícola, la relación de negocios con el agente aduanal Arnulfo Liera —líder de la Cámara de Comercio, mangoneada por los potentados chinos— era una especie de mal necesario, ya que siendo también un empresario naviero, desde 1915 venía sirviendo a los agricultores como enganchador de mano de obra procedente de las entidades contiguas al Distrito Norte para abastecer el mercado de trabajo de los Valles de Mexicali e Imperial.

El celo natural existente entre dos poderosos líderes empresariales, como lo eran Manuel Roncal y Arnulfo Liera, no solo provenía de que ambos eran cabeza de dos sectores económicamente muy fuertes, respaldados por norteamericanos y chinos, dos mentalidades muy diferentes que competían en importancia. Los de la Agrícola Nacional, inconformes, alegaban qué caso tenía financiar a Liera para que trajese del sur gente a trabajar, si el naviero hacía lo suyo para convencer a los pizcadores de no permanecer en Mexicali y mejor se fueran a pizcar a Estados Unidos. Había un salario equiparable de un lado y otro de la frontera, la única diferencia era que algunos hacendados chinos que trabajaban en sociedad con la “Colorado River”, a raíz de que solo obtenían el 50% de las utilidades, eran con los jornaleros mexicanos lo doble de negreros que los agricultores gringos del Valle Imperial.

Entrando Roncal a la presidencia del municipio, en enero de 1921, encomendó a su amigo el regidor Maurilio Magallón elaborar una guía comercial de la región y un estudio que hoy llamaríamos de mercado con la finalidad de demostrarle al gobierno de la República sobre la necesidad de aprobar una franquicia para la instauración de una zona libre en la región. Sus adversarios de la Cámara de Comercio, bajo la dirección de Arnulfo Liera, interpretaron este hecho como una intromisión del munícipe Roncal en asuntos que nada más les competían a ellos. Lo acusaron de que Roncal quería comerles el mandado, con el fin de adornarse con el presidente de la República.

Ese 10 de marzo de 1921, David Zárate —presidente municipal de Ensenada— decía estar satisfecho al comprobar la llegada de un nativo, Epigmenio Ibarra Jr., como gobernador del Distrito Norte; sin embargo, ese día vio rodar por los suelos su empecinado propósito de hacer retornar la capital del distrito a Ensenada, cuando al llegar el nuevo gobernante lo primero en declarar fue que por ningún motivo emprendería acción alguna en tal sentido. Al paso de los años, de manera infructuosa David Zárate seguiría con su cantaleta de siempre: «Regrésennos la capital a Ensenada».

Epigmenio Ibarra, hijo: gobernador nativo

Epigmenio Ibarra, hijo
El gobernador Epigmenio Ibarra, hijo (marzo 10, 1921-febrero 1, 1922), al llegar a Mexicali se encontró con varias sorpresas, lo primero fue que desde Balarezo no había dinero en caja —es decir, en las aduanas—, dado que la llave del tesoro estaba celosamente guardada en los cajones del escritorio del presidente Obregón, por lo que maestros, jueces y empleados judiciales llevaban siete meses sin recibir salario. Con otra, Mexicali contaba ya con la presencia de un organismo llamado Organización de Obreros Libertarios a cargo del regidor Juan N. Ríos, vinculado a la organización anarco-sindicalista Confederación General de Trabajadores (C.G.T.) que un mes atrás habían levantado ampolla con un Manifiesto condenando la tiranía y la opresión de los pudientes. Lo bueno estaba aún por venir.

Tras la caída del precio del algodón en el mercado internacional, Ibarra solo llegó a Mexicali a enfrentar una crisis económica espantosa, detectable en el galopante desempleo imperante, en los rostros de los desharrapados expulsados de Estados Unidos, deambulando por las calles, hambrientos, sin dinero para regresarse a sus lugares de origen. Clausurados los casinos desde el arribo de Salazar, sobrevino el intempestivo cobro de 1 dólar por ingreso al país de cada extranjero  que quisiese ir a apostar al hipódromo o a beber a las cantinas de Tijuana.

Ante un panorama desolador, el gobernador Ibarra acudiría al gobierno federal en busca de ayuda. A finales de marzo de 1921, el presidente Obregón ordenaba a Adolfo de la Huerta, secretario de Hacienda, finiquitar los salarios atrasados al magisterio y al aparato judicial con dinero de la Aduana de Mexicali, la cual volvió a hacerse cargo de este tipo de pagos en el distrito. Mientras tanto Arnulfo Liera, a petición del gobernador, embarcaba hacia el sur al mayor número de personas, absorbiendo los gastos de tamaña encomienda.

General Abelardo L. Rodríguez
Durante aquellos días aciagos, el jefe de operaciones militares, tranquilo, estuvo concentrado en acumular poder político y fuerza de ánimo suficiente como para casarse por segundas nupcias con la calexiquense Eathyl Vera Meier. En plena luna de miel, entre el 2 y 3 de mayo de 1921, le informaron que un puñado de hombres había irrumpido en Tijuana, echando tiro y vivas a Cantú. Abelardo L. Rodríguez no tuvo más remedio que despedirse de su nueva esposa y partir hacia allá. Le sucedió lo que a Cantú, en 1913, cuando tuvo que suspender su viaje nupcial para ir a combatir a Gallego en la batalla de "La Islita".

El día 2 de mayo de ese año, en Tecate, se produjo un primer choque entre la unidad militar, comandada por el general Rodríguez, y un grupo de 15 cantuistas más levantados que una carpa de circo. Hubo un muerto entre los revoltosos.

Tres días después, en los baños de “El Tecolote”, de Mexicali, encontraban una mortífera carga de dinamita que, de haber estallado, habría matado de tiricia a los jacarandosos Allen, Beyer y Withington, ex socios de Cantú y dueños del lujoso lupanar. 

“El Tecolote” se incendió dos años más tarde y, en 1927, volvió a sucumbir a causa de una serie de movimientos telúricos. Ambas veces, el edificio fue vuelto a levantar.

El gobernador Ibarra, al ser informado el 7 de mayo de que el Congreso de la Unión solo había aprobado 500 mil pesos de los 3 millones solicitados por Balarezo para el gasto operativo de 1921, marchó a México con el firme propósito de pactar un mejor presupuesto o de plano tirarles la toalla. Por mientras, el changarro quedó a cargo de su secretario general de gobierno, Lucas B. Rodríguez (mayo 7-julio 7, 1921). 


Al día siguiente, a raíz del cobro de un dólar a los forasteros por cruzar la frontera para ir a jugar y beber al Hipódromo, Carlos E. Bernstein, gerente de esa empresa, tuvo que anticipar el cierre de temporada por falta de clientela. Así de fácil, Inmigración había acabado  de un plumazo con la última fuente de ingresos del distrito.

En julio, Epigmenio Ibarra —hijo— regresó a Mexicali a retomar el puesto, acompañado de Daniel Benítez, como nuevo secretario general de Gobierno. A las primeras de cambio, Lucas B. Rodríguez se vio sin miel y sin jícara. Como gobernador, Ibarra venía con una agenda política cargada de promisorios acuerdos, gracias a que el subsecretario de Gobernación José Inocente Lugo había conseguido eliminar el pago de 1 dólar por el ingreso de extranjeros al país, asimismo había acordado que el presidente Obregón concediera al menos la apertura del Casino Chino, con la condición de que solo fuera para uso exclusivo de la clientela oriental.

Al paralelo, había conseguido elevar el presupuesto de 500 mil a 639 mil 490 pesos, además de haber acordado la entrega de otros 500 mil pesos para construir diversas obras en el distrito entre las que se encontraba el fin de la edificación del inacabado palacio de Gobierno en Mexicali. El presidente Obregón a finales de ese año de 1921, ordenaba a la Secretaría de Hacienda lo que a continuación aparece transcrito:

«Ordénese a la Tesorería General de la Nación que, en calidad de subsidio y con cargo a la partida Nº. 3248 bis, del Presupuesto de Ingresos vigente, proporcione al Gobierno del Distrito Norte de la Baja California, la cantidad que sea necesaria para satisfacer los derechos de importación de los materiales que, por valor de quinientos mil pesos, habrán de emplearse en la construcción del Palacio de Gobierno del expresado Distrito y de otras obras públicas que se van a llevar a cabo en Mexicali, Tijuana y Ensenada. Palacio Nacional, México, D. F., a dos de diciembre de mil novecientos veintiuno. Rúbrica: Álvaro Obregón, Presidente de la República».

Obra que vendría a ser inaugurada hasta el año siguiente por el licenciado José Inocente Lugo, sucesor de Epigmenio Ibarra, Jr.

A principios de octubre de 1921, el cónsul de México en San Francisco, reviviendo el cuento porfirista sobre ataques filibusteros al Distrito Norte, dio el pitazo a Relaciones Exteriores afirmando que un ex capitán del ejército norteamericano de apellido Dineley, tres senadores gringos y Esteban Cantú fraguaban una invasión filibustera a la Península bajacaliforniana. El general Abelardo L. Rodríguez, jefe de operaciones militares, apresurado desmentiría tal versión. Sin embargo, el 22 de ese mes, la Aduanas de Estados Unidos incautaba en Calexico un cargamento de 250 carabinas 30-30 y 80 mil piezas de parque que venían para Mexicali. El dueño del armamento era Federico Dato, cuñado de Cantú.

Para colmo, el 9 de noviembre James Coffroth —accionista del Hipódromo de Tijuana— anunciaba a través del “San Diego Union” el cierre de la temporada, previendo un posible ataque armado al Distrito Norte. Cuatro días después —el domingo 13, en Tijuana— el general Abelardo L. Rodríguez y el coronel Anselmo Armenta enfrentaban con su tropa una embestida de 300 hombres dirigidos por “distinguidos cantuistas” que rápido se vieron rechazados tras perder a seis de los suyos y darse a la fuga.

Al mando de la expedición cantuista venían Cruz R. Villavicencio y Lerdo González, volcado de nuevo al cantuismo, que al percatarse de los caídos en la refriega arrancaron rumbo a Tecate con sus reclutas. El martes 15, en Vallecito de Santo Domingo, hubo un segundo encontronazo en el que los buscabullas de González y Villavicencio se volvieron a ver lerdos tras perder 14 hombres al hilo y huir hacia Estados Unidos.

General Ángel Flores
Al mes, por órdenes de los generales Álvaro Obregón y Enrique Estrada —secretario de Guerra y Marina—, llegaba a Mexicali el divisionario Ángel Flores, gobernador de Sinaloa y comandante de la Región Militar del Noroeste, al mando de 800 hombres con el fin de apoyar las operaciones militares contra otro posible ataque de un cantuismo inexistente.

Cinco días después del arribo de Ángel Flores a Mexicali, el 20 de diciembre de 1921, Cantú publicaba en importantes periódicos de Estados Unidos y México un Manifiesto en el que exigía el restablecimiento de la Constitución de 1857 al declarar al gobierno de Álvaro Obregón como usurpador de México, no sin antes emitir una absurda declaración de repudio a la violencia. Con esto quedó saldada para siempre la presunta revolución cantuista en el Distrito Norte.

Las elecciones municipales de 1922

Ramón Moyrón, hijo
A principios de 1922, arrancaron las elecciones municipales en Ensenada y Mexicali. En el puerto se presentaron a competir dos partidos: el Club Político Ensenadense y el Liberal Independiente, llevando a la cabeza a Ramón Moyrón, hijo, titular de la comisión de Hacienda dentro de la administración de David Zárate cuya gestión llegaba a su fin. Sin mayores contratiempos, Moyrón ganó las elecciones para presidente municipal de Ensenada.

Sin embargo, en Mexicali, con los problemas tenidos con el padrón electoral en las pasadas elecciones, el gobernador Ibarra antes citó en sus oficinas a los líderes de los partidos contendientes, el Nacional Progresista y el Liberal Democrático, con el fin de revisar las listas de votantes.

Guillermo Z. Lugo
Sólo acudieron los del Nacional Progresista con su candidato Otto Möller, mejor conocido como el “Orejón”, los del Liberal Democrático rehusaron hacer acto de presencia argumentando su líder Guillermo Z. Lugo —primo del futuro gobernador José Inocente Lugo— haber recibido amenazas de muerte por parte de los militares. Al final, Otto Möller llegaría por la libre a la presidencia municipal de Mexicali. El ahora ex juez Carlos Robles Linares, el mismo que un año atrás le había anulado a Möller 700 votos en las elecciones de 1921, en esta administración sería nombrado secretario del Ayuntamiento. Curiosamente, este hombre ocuparía el mismo puesto clave durante el gobierno municipal de Miguel Vildósola, en 1925. Ambos alcaldes fueron depuestos.

Iniciando 1922, con la llegada de Möller a la presidencia de Mexicali, Abelardo L. Rodríguez (jefe de operaciones militares), cerraba el círculo de su poder político dentro del Distrito Norte, imponiendo a Tiburcio G. Ruiz, como delegado de Tijuana.

Su gusto sería efímero, ya que, para el día 1 de febrero de ese año, sorpresivamente llegaba a Mexicali, procedente de la Ciudad de México, el ex secretario de Gobernación (1920), José Inocente Lugo, seguido de un séquito de colaboradores a reemplazar a un gobernador Epigmenio Ibarra, hijo, que andaba de viaje por Ensenada. Ibarra ni siquiera se presentó a entregar el poder, Daniel Benítez —secretario general de Gobierno— tuvo que hacerlo por él. Benítez partió a México a ocupar la Oficialía Mayor de la Subsecretaria de Relaciones Interiores y Gobernación a cargo de Gilberto Valenzuela Galindo.

General Pablo Macías 
A los días, el general Pablo Macías llegaba a Mexicali con el nombramiento de Jefe de Operaciones Militares de la II Jefatura Militar del Distrito Norte de la Baja California. Con el mismo cargo y recién casado, el 18 de febrero de 1922, Abelardo L. Rodríguez partía de Mexicali rumbo a Tepic, Nayarit, a combatir al antiobregoncista sinaloense general Juan Carrasco.

El 1 de junio,  Abelardo logró acercarse al centro de decisiones, a la Jefatura de la Región Militar, situada en Culiacán, al ser designado jefe de operaciones militares en el sur de Sinaloa, con base en el cosmopolita Mazatlán con sus famosos fumaderos de opio.


Instalado en el exclusivo Hotel Belmar frente al Paseo de Olas Altas, en 1922, se veía al general Abelardo L. Rodríguez cruzar la calle del Hotel para ir a pasear por el malecón en compañía de su esposa norteamericana, sitio en el que su mujer se suicida el 25 de septiembre de ese año: a los noventa días de su llegada al puerto. Se suicida sin dejar recado póstumo. Dos meses después, el 8 de noviembre, Juan Carrasco era asesinado en los límites de Nayarit y Durango.

Las relaciones sociales e intereses financieros logrados en Mazatlán, fue lo que más adelante impulsó a Abelardo L. Rodríguez para fundar y establecer en ese lugar la matriz del Banco Mexicano de Occidente, S. A. En los años treinta, volvió a convertir a Mazatlán en el centro financiero del Noroeste, como en tiempos de los porfiristas Luis Emeterio Torres y Ramón Corral. Con el poder político y económico alcanzado tiempo después, en el espíritu de Abelardo L. Rodríguez vendría a compendiarse el talento de los otros dos.

La capacidad y versatilidad de Abelardo para relacionarse con todo tipo de personas, era sorprendente; estando en Mexicali, bien podía ir a echar la platicada al “Molino Rojo”,    que regenteaba su gran amiga Carmen Cantua, alias “La Bicicleta” —porque si aprendes a montarla jamás lo olvidas—, o verlo bromear con el cuentero de Daniel Sández, asegurando que una parvada de gansos lo acababa de traer, volando, desde su casa de Cerro Prieto a Mexicali; como frecuente era ver al general Rodríguez, estando en Mazatlán de jefe militar, codearse con lo más granado de la sociedad mazatleca de aquellos días, como lo eran Alfonso V. Rivera —presidente municipal—; Antonio Múrua Martínez, cabeza del despacho de abogados más importante del puerto, o con los Loubet —dueños de la Fundidora de Sinaloa—; con los Careaga, españoles enriquecidos desde el Siglo XIX gracias al negocio de las diligencias; con los Coppel y los Hass —a la postre magnates de la industria pesquera—; con Francisco Lupio —el agente aduanal y naviero más importante del puerto—; con los Fuentevilla —un día propietarios de la Cervecería del Pacífico—; con Pepe Rico — fundador del Banco de Mazatlán—; con Rafael Salazar González, agente minero y posterior propietario del Banco Minero Capitalizador; con Antonio Díaz de León, copropietario de la firma cigarrera Montero sucesores y Díaz de León, fundador, también, de la Cigarrera El Vapor, de la Cervecería Listón Azul y de la Chocolatera la Flor del Pacífico.


En fin, Abelardo L. Rodríguez, mejor empresario y político que destacado estratega militar, fue un hombre que lograría manejarse como pez en el agua en cualquier círculo social. A pesar de la estereotípica adustez militar, se cuenta que era un hombre de buen trato, incluso, hasta bromista, además, entre amigos, bueno para aderezar la conversación con sus “palabrotas”. Aunque en Abelardo lo más encomiable de su talento, fue su genio financiero. Su fidelidad para con el general Plutarco Elías Calles, fue notable.

roberelenes@gmail.com

SEP—INDAUTOR
Título original:
Aduanas bajacalifornianas
Registro público:
03-2003-110615022600

1 comentario:

Carmen Moyron dijo...

Baja California fue Estado hasta 1954...por lo tanto el primer Gobernador fue Braulio Maldonado..entonces antes de esa fecha era territorio Norte...no habian Presidentes municipales ni Gobernadores por eleccion, seguro recibian otro nombre esos cargos